Once Upon A KATAMARI | REVIEW
Bandai Namcoi nos trae de regreso al reino del absurdo cósmico.
Próximo a lanzarse el 24 de octubre para Nintendo Switch, PlayStation, Xbox y PC, Once Upon a Katamari marca el retorno triunfal de una de las sagas más excéntricas y queridas de Namco. Lejos de cualquier intento de realismo, esta entrega reafirma lo que hizo inolvidable a Katamari Damacy: su mezcla única de absurdo, ternura y genialidad mecánica. Esta vez, el Rey del Cosmos vuelve a meterse en problemas, y el Príncipe —junto con toda su familia— deberá rodar su katamari por diferentes eras de la historia para restaurar las estrellas destruidas. Desde la redacción de CDF Gaming ya lo hemos probado un lindo puñado de horas y acá les contamos de qué va.

Una historia que rueda a través del tiempo
La premisa es tan disparatada como encantadora. El Rey, intentando ser un buen padre y no causar caos por un día, termina usando un antiguo pergamino mágico… y, como era de esperarse, destruye la Tierra, la Luna y varios planetas. Para reparar el desastre, el Príncipe deberá viajar por distintas épocas —desde el Jurásico hasta el Japón feudal— recogiendo objetos de cada era para recrear el cielo. Este viaje temporal no solo es una excusa divertida para variar la ambientación, sino también una oportunidad para llenar el juego de referencias culturales y visuales que lo mantienen fresco y delirante.
El mismo espíritu, con herramientas nuevas
La base sigue siendo la misma: hacer rodar una pelota adhesiva (katamari) que va recogiendo todo lo que toca, creciendo progresivamente hasta absorber edificios, montañas y, eventualmente, continentes. Pero Once Upon a Katamari introduce pequeñas novedades que le dan dinamismo. La más destacada es el “imán”, una herramienta de apoyo que permite atraer objetos cercanos con más eficiencia. Aunque puede parecer una ayuda menor, cambia la estrategia en niveles más exigentes, permitiendo crear rutas más fluidas y mantener el ritmo frenético del juego. También se suman nuevas misiones con objetivos más concretos, como recolectar tipos específicos de objetos o evitar ciertos elementos que penalizan el puntaje.

Mundos más vivos, más grandes y más ridículos
Visualmente, Once Upon a Katamari mantiene la estética colorida, geométrica y caricaturesca que caracteriza a la saga, pero con un nivel de detalle y nitidez superior. Los escenarios históricos están repletos de pequeños guiños: dinosaurios en la era jurásica que se escapan al verte rodar, aldeanos medievales que gritan con voz aguda o samuráis que intentan detenerte con su espada. Todo está diseñado para provocar una sonrisa constante. A nivel técnico, el motor se mantiene estable incluso cuando el katamari alcanza tamaños descomunales y el escenario se llena de objetos, un logro considerando el caos visual que suele generar esta fórmula.
Una banda sonora que brilla como una constelación
La música siempre fue un sello de identidad en Katamari Damacy, y acá no decepciona. La King of All Sounds Edition incluye dos álbumes completos con temas clásicos reimaginados y nuevas composiciones llenas de ritmo, coros extravagantes y guitarras funk. Cada nivel tiene su propia identidad sonora, pasando de melodías nostálgicas a tracks electrónicos delirantes. Es imposible no mover la cabeza mientras se rueda, y al igual que el katamari, la energía de la música termina envolviéndote por completo.
Personalización cósmica para todos los primos
El elenco de personajes también se amplía: además del Príncipe, hay 68 primos y familiares jugables, todos personalizables en colores, rostros y accesorios. Es un toque divertido y superficial, pero muy acorde al tono del juego. Los cosméticos también pueden desbloquearse rodando o mediante misiones específicas, y aunque hay bonificaciones por precompra, nada rompe el equilibrio del progreso.
Competitividad con humor galáctico
Uno de los añadidos más festejados es el “katamaribol”, un modo multijugador que reimagina la locura del juego como un deporte intergaláctico. Hasta cuatro jugadores pueden competir localmente o en línea, empujando sus katamaris para conquistar zonas del mapa o destruir la bola rival. Es puro caos visual, pero también pura diversión. El componente competitivo encaja perfecto en la identidad del juego: no se trata de ganar, sino de disfrutar el desastre.

Rejugabilidad y espíritu clásico
Pese a su propuesta sencilla, Once Upon a Katamari invita a rejugar. Cada nivel tiene objetivos secretos, retos de tiempo y coleccionables escondidos. Además, el viaje por distintas eras permite experimentar con múltiples combinaciones de objetos y rutas, lo que mantiene la sensación de descubrimiento constante. La dificultad es progresiva pero amable: cualquiera puede aprender a rodar, aunque dominar las curvas y las físicas más exigentes requiere práctica.
Conclusión de CDF Gaming
Once Upon a Katamari es un homenaje encantador a los orígenes de la saga y, al mismo tiempo, un nuevo punto de partida. Es la clase de título que te hace sonreír incluso cuando el caos es total, recordándote que a veces, en el universo de los videojuegos, lo único que importa… es seguir rodando.
Nota del redactor
8/10
